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Dos soledades
Ignacio Laforgue bebía hasta ver el fin de la medida de whisqui. Él no hablaba francés; la llegada a ese bar escondido en la Rue Richelieu fue por azar. Su jefe (allá en Banfield) le había prometido trabajo mientras le daba los pasajes. La empresa quedó en bancarrota. Él quedó vagando: “como una ramita de eucalipto en la cuneta de mi casa”, pensó. Se las arregló para subsistir. Sus manos habilidosas podían conseguir trabajo en cualquier parte del mundo. El salario era escaso, alcanzaba para dos comidas diarias y unos tragos en ese antro.
Mientras pedía otro whiski los recuerdos lo invadían: su colección de monedas viejas, Argos (su perro ovejero alemán), la concavidad de su almohada lograda después de incontables noches.
El estímulo del alcohol lo ayudaba a llorar. No había logrado hacer amigos. El cantinero lo aceptaba como se aceptan las desgracias.
Una de esas tantas noches vio entrar a una mujer. Rubia, de mirada taciturna, dejaba un aire de nostalgia que hacía girar la cabeza a todos los hombres. Ignacio observó con cautela la parsimonia que hizo la mujer para acomodarse en el banquillo del mostrador. Pensó que en cualquier momento iba a desaparecer esa figura; algún hombre la tomaría del brazo, y ella se iría sin resistirse. Él lo había visto miles de veces. Pensaba que las mujeres en esa ciudad nunca estaban solas. Observaba con melancolía la puerta a la espera de ese hombre que la borrara de la imagen del lugar. No fue así. Los rayos del sol empezaron a entrar como espadas doradas por la ventana empañada, y la mujer seguía ahí. Ya estaba muy somnoliento para iniciar una conversación. Le sorprendió que nadie se le acercara; después pensó que la belleza muchas veces infiere temor en los hombres. Pagó y salió encaminado hacia la Rue Seine, mientras la humedad se mezclaba con el vapor de los primeros autos. Su vida siguió con su rutinaria melancolía.
Unas noches después volvió. Para su sorpresa ella estaba ahí. Sola. Trató de estudiar todas las hipótesis, no quería fracasar. Vació el vaso y empezó a caminar hacia ella. La saludó. La mujer lo miró con sus ojos verde yerba mate; Ignacio quedó intimidado por esa mirada, a pesar de que la cara de ella mostraba una mezcla de sorpresa y temor. A los segundos él se percató que la había saludado en su lengua. Entonces masculló un mal saludo en francés. Ella lo seguía mirando impávida. Ignacio siguió hablando; entre todas las palabras que salían de su boca, dijo su nombre. “Ignacio” repitió ella saboreando cada vocal. Él se sentó a su lado.
Se llamaba Ingrid. Era de Alemania. Había llegado a París deportada de su país (estaba en guerra, acaso importa cuál), sin poder despedirse de sus seres queridos. No conocía a nadie en la ciudad. Iba a ese bar para sentirse parte de la sociedad. Estuvieron charlando toda la noche. Cada uno respetaba la palabra del otro. Lo lúgubre del bar era mejorado por sus manos que eran como palomas de otras fronteras.
Se siguieron encontrando. Un amanecer Ignacio la tomó del brazo y la llevó a su hotel. Ella no se resistió. Sus ropas interiores por el suelo parecían mariposas muertas de éxtasis. Él sentía las palabras guturales del idioma de Ingrid suavizadas por el cristal de su voz.
Caminaban abrazados y sus cuerpos se confundían por las Rues de París. Mientras cruzaban el Sena, él le contaba de un tío lejano suyo de parte de su madre que había vivido muchos años ahí. Un escritor delgado con cara de adolescente que había crecido en su misma ciudad. Ella miraba sus labios que se movían, y reía con complicidad.
El tiempo pasaba entre las noches, los días, los amaneceres, la vida. Ignacio había logrado juntar dinero para pagar su pasaje de vuelta a Banfield; y la guerra en el país de Ingrid había terminado. Lloraron, se abrazaron, se amaron, acompañaron recíprocamente su soledad.
El tiempo que estuvieron juntos se escucharon sin entender los sonidos que emitían sus bocas. Ninguno de los dos había aprendido el idioma del otro. Lo único que conocían eran sus nombres, que escribieron en la parte interior del placard en el cuarto del hotel. “Ignacio y Ingrid”, “Ingrid und Ignacio”, con dos inscripciones en distintas lenguas.
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